El lugar donde he sido mandado a vivir sin ninguna experiencia previa en el medio de la más huérfana inconstancia. El que me obliga a tomar por sorteo hasta la más inocente de mis decisiones, como la de creer en la más pálida idea...

diciembre 17, 2005

Una exclusión asistencial (I)

El tema de las recientes revueltas francesas renació en los blogs con los posts de Xenia y Massei, más la reacción de Freidenberg. Yo escribí algo hace un tiempo, y hoy día mi conclusión es que queda expuesta cada vez más la endeble sustentabilidad de cada tentativa de explicación, por más que eso no quite que me encante escribirlas y leerlas. Todos los intentos que he leído y el mío propio, se parecen más a un acertijo mejorado de testigos lejanos, lectores de señales de quinta y sexta mano, decodificadores que actuamos por analogías y semejanzas; demasiados transportes de análisis generalistas que ante casos como esto resultan azarosos en demasía. No tiene nada que ver con si los análisis son serios o no, podrán ser serios sólo porque no los hacemos en broma, pero si de algo adolecen es de falta de cimientos sólidos al carecer del mínimo y vital elemento: la observación vivencial de los hechos. Es cierto que no se necesita vivir en cada aldea de occidente para reflexionar sobre los hechos que en él ocurren, la información nos permite ganar alas, pero en este caso esa carencia de presencia en vivo es crucial, y no hablo de la presencia tipo cronista de guerra que acude cuando los conflictos ya sucedieron, sino a quién convive durante la gestación.

Pero así es como lanzo un actualizado tiro al blanco más desde la galáctica lejanía del análisis hiper tercerizado:

Tal vez toda la quemazón francesa sea más por un exceso de asistencialismo que por su carencia. Un “queremos dejar de llevar el estigma etnológico-cultural que significa ser un asistido, y la limitación en el ascenso económico-consumista que al mismo tiempo implica seguir siéndolo”


Lo que falta es “asistencia” en materia de inclusividad psicológica. Lo que plantea Xenia lo veo correcto para un medio como el argentino donde las redes sociales se caracterizan por ser de desprotección y desamparo garantizado, pero no en Francia donde esa cuestión hace rato que ya ha sido superada y el asistencialismo funciona con un alto grado de normalidad para cubrir ese tipo de carencias básicas. Una cosa es mantener a los marginados del patio del fondo sanos, gordos y abrigados –esto está logrado por el estado-, otra muy diferente es hacerlos pasar al living de la centralidad identitaria. Ese tipo de inclusión no se puede delegar en un estado, en los principios asistencialistas del humanismo cívico o académico, hay que hacerla ensuciándose las propias manos.

El planteo de Massei me parece correcto sólo como una parte del asunto, en el que el brote tiene que ver con frustraciones trans-supervivenciales; no se trata de hambre o marginación del tipo carnal latinoamericano, es decir: cagarse de frío, no tener ni para un kilo de pan, lavarse la cara con agua podrida o mendigar un medicamento. Pero creo que no es determinante ni suficiente en si mismo, ya que las motivaciones de las reacciones tienen que ver con un choque contra un muro compuesto probablemente por un cóctel donde se mezclan la falta de movilidad social típica de las sociedades europeas -muchos más estables y estancas en materia de ascensos- y la falta de inclusión social-cultural de los marginados. No me parecen convincentes los argumentos a favor de mostrar cuán integrados están esos periféricos, basados en que son segunda o tercera generación o de que conviven con los franceses en escuelas y fábricas. Desde el momento que existe el ghetto por ejemplo, podrán ser de octava generación pero si siguen viviendo en el ghetto e identificados como tales.

El mecanismo psicológico de la avidez renovada del consumo hace que los objetos de fijación del deseo muten ascendentemente a los escalones superiores ni bien se hace pié sobre el terreno firme de alguno de ellos. Al traspasar una frontera escapando de frustraciones primarias, tener trabajo y comida sirve durante un tiempo, pero luego es insuficiente para calmar los nuevos deseos y la “opresión” psicológica de la exclusión.

En las opulentas sociedades industrializadas ese muro de la cerrazón a la inclusión se levanta de pronto y aparece como inexpugnable. Y es económico a la vez que etnológico-social y cultural. Sucede que el acceso en primeras instancias a cierto nivel interesante de bienestar es relativamente fácil, pero luego se ingresa a una zona de meseta que se va descubriendo cerrada por mil candados. El acceso a trabajos de mayor responsabilidad se hace remoto, las vías de expansión se estrechan y la sociedad parece marcarle claramente quién es quién y cual es el límite, cuando paralelamente las tentaciones del consumo se multiplican. Hasta ahí si, más de ahí no. No es pasar de la moto de 1000 a las de 15000 euro, es pasar de la periferia a la centralidad.

Nadie quema autos solo porque de pronto súbitamente se da cuenta de que no puede subir un peldaño en el escalón de consumo, hay un componente mucho más denso y multidimensional que ha hecho madurar el encendido de la mecha. No se trata de un problema de falta de asistencia social, sino más bien de su exceso, y las consecuencias de su condenatoria eternización.

diciembre 14, 2005

Hargentina florida

Una buena noticia para mi es ver que hoy el excelente sitio español El Florido Byte ha citado una vez más un texto de este blog. Gracias a sus hacedores por el eco

diciembre 13, 2005

Papeles pixelados

Apuntes sueltos sobre la cuestión de los libros y los libros.


Leyendo el reclamo de Margulis en Kaputt dominical, me pareció muy ajustado el señalamiento de Acteón en los comments de una contradicción: si el e-book ha de plantearse como medio alternativo no puede esperar que su difusión sea ofrecida por las mismas estructuras "críticas" vinculadas -en una tradición negociada- a sostener lo producido por las editoriales tradicionales. No es que sea el reclamo me parezca carente de razones, pero la prensa central somete a ninguneo no solamente al e-book sino a todo tipo de expresiones culturales que se hallan fuera del circuito establecido: discos, libros, muestras de artes visuales, teatrales, etc, y todos sabemos que si se paga el espacio o se llevan avisos es altamente probable que se publique una reseña de cualquier cosa, sea texto electrónico, virtual o impreso con una Citizen de matriz de punto sobre papel higiénico. Lo que me parece que se deja notar como la contracara de la argumentación un tanto despechada de Margulis, es que existe en el ambiente cultural una fuerte y marcada discriminación hacia las publicaciones electrónicas, no se considera que “eso” ( un e-book ) sea una obra digna de ser tomada en serio. Vamos a los hechos: predomina muy fuertemente la idea de que escritor que existe es el que publica en editoriales reconocidas y cuya reseñas salen en los medios grandes, todo lo demás guarda un sabor amateur, de segunda o por qué no de cuarta, por más revestido que aparezca con los fosforescentes esmaltes de toda la nueva ola virtual, alternativa, internética o informática. Muchos se extrañarían que alguien que ostentase el antecedente de haber “publicado” e-books o sólo material en web, tuviera el tupé de hacerse llamar “escritor”. Dan por sentado un proceso: que el filtro editorial es la solemne garantía de selección de calidad. Parece mentira que cuando hay tantas demostraciones de lo contrario a plena luz de los días, se crea de modo obcecado en esta visión. Se aplica, en su más irracional versión, el viejo y calamitoso “por algo será”: si lo editó Editorial Fulana debe ser bueno, debe haber pasado el tamiz de la aprobación de los supuestos consagrados catadores de literatura. Como si entre las intrincadas situaciones que determinan el lanzamiento comercial de un libro o no, que van desde el juego de las más sórdidas cadenas de influencias hasta las más desnudas tramitaciones comerciales, mediara un tribunal de evaluación arstística de las obras compuesto por representantes inobjetables de la más confiables de las sabidurías literarias. Por consiguiente, si no lo pasó y es un pobre cretino refugiándose en las ratoneras alternativas de la vulgarizada web, no debe ser muy bueno que digamos, por algo lo rebotaron. Los cerebros de muchos consumidores -y peor aún de evaluadores de cultura- descansan sobre este norte orientativo que dentro del medio cultural todavía goza de una férrea supervivencia. Ayesha debiera empezar al menos por armar un buen cóctel de presentación de sus e-books, en el salón de algún buen hotel, con buenos tragos y sanguchitos de miga.


Voy a escapar de pensar sobre los condicionamientos recíprocos entre soporte y contenido. Vamos a la cruda praxis de los objetos. Lo que debe resolver la edición electrónica primero es el trabajo sucio de difusión y valoración, toda vez que el público, por lo general carente de aquellas referencias de calidad mencionadas, está totalmente desorientado ante el encuentro azaroso de publicaciones. Todavía no existe una red crítica alternativa, faltaría construirla sumando firmas de prestigio que ejerzan la crítica literaria en la web –con el riesgo de reproducir el mal anterior- o bien inversamente de construir prestigio (¿) sobre las firmas que ya son publicantes de la web.
La red permite con un saltito astuto traspasar los alambrados de púas de la otrora obligatoria mediación editorial. La descarga paga es un primer gran paso, el primer gran acierto para comenzar con una posibilidad de que el escritor obtenga algún peso por su trabajo, más allá de que los riesgos de la piratería o del libre intercambio imparable prometan estrangularla a poco de que comience a respirar. Luego el tema es que puede hacer el lector con ese archivo si no quiere leerlo en pantalla. Creo que la clave va a estar en una cuestión técnica: que haya alguna forma de hacer imprimir ese texto en forma casera a un relativo bajo costo. Lo he intentado con mi impresora láser hogareña, me fue imposible calcular el costo, pero supongo que para una máquina grande bajaría. Si le compro el libro a Ayesha y resulta ser una interminable novela, pero puedo imprimirlo en algún lugar y tenerlo en un formato tipo anillado o cuadernillo, no estaría tan mal. Costaría esfuerzo pensar que “eso” podría poblar nuestra biblioteca pero es cuestión de costumbre, o tal vez recordar si alguna vez estudiamos que tal vez el apunte que más nos enseño en la facultad era aquel fajo informe de hojas fotocopiadas que guardamos con todo cariño en algún cajón.


El blog como soporte es muy flexible y admite muchos usos. ¿Acaso no hubo un blog que fue una novela por entregas? Ninguna novedad, el blog aquí mezclaria cosas del libro y del diario (periódico) . Total unidad conceptual. El cuento por ejemplo, ¿no es un género amigable al soporte blog o website? ¿No se podría acaso publicar o bien un libro de cuentos directamente o si el trabajo tiene 10 o 15 cuentos publicar uno por semana? Gustavo Nielsen es el que más ha “experimentado” en eso; pensemos si leer un cuento de los suyos es tan diferente en pantalla que en papel. Pero sería interesante fijar un umbral, ¿cuanto ustedes pueden leer en pantalla un texto corrido? En mi caso no pasa de unos 15-20 minutos, pasado ese lapso empiezo a sentirme cansado, las sucesivas bajadas de pantalla me marean. Una idea: lo que comienza a molestar y cansa es el hecho de que el texto no tiene “unidades visuales cerradas”, es decir, páginas que se puedan leer sin generar “movimientos” de enfoque visual en la pantalla, y hay que usar esa insufrible barra o el mouse para bajar y enfocar. Mi ideal sería si tuviera un texto metido en un programa de lectura que presente la página entera legible desde un solo golpe de vista -habría que considerar los tamaños relativos de tipografía y pantalla- y cuyo cambio de página responda a un solo click, sin usar la barra ni el mouse para moverse. Si la unidad de texto queda fija creo que se reduce el cansancio.

diciembre 09, 2005

Entre tenedores

Los síntomas son desenfoques visuales, regurgitaciones, dolor de cabeza y asfixia por la fealdad existencial de los días que se pegan cada vez más veloces unos a otros, sumiéndonos en una especie de flatulencia aérea que sobrevuela cada uno de nuestros actos y de nuestras dudas. Un cosmos dominado por las fases enfáticas, los códigos anoréxicos, las crueles medianías que oscilan entre el infierno de un ascenso de saciedad insuficiente y un hundimiento de evacuación irremediable. Trozos de apetitos cuidados entre algodones, porque ese desenfado obsceno que llaman postmodernidad en decadencia es nada menos que el emputecimiento de las variables maleables de un entorno que se autodestruyen en veinte segundos. Los hitos de la cuestión se dejan ver como anuncios publicitarios. Hay proclamaciones, denuncias, novedades, pequeños pinchazos inesperados, histerias e historias. La curiosidad dejó de ser una virtud, es una condición necesaria en la supervivencia frente al poder del entretenimiento. Criarse en estos tiempos es dotarse para ser un bien entretenido, para extraer del entretenimiento que dan las pantallas un oxígeno vital, es la nueva fotosíntesis humana.
El poder es entretener, que es una categoría de dominación más sofisticada y efectiva que el sencillo tener o poseer, que implica solamente un estado independientemente de la calidad del vínculo. Entretener es sostener la cautividad de los Otros dentro del marco inofensivo de la docilidad y del regocijo. Entretenedores, entre tenedores nos tienen para devorarnos a sorbitos el cerebro un poquito en desayuno, almuerzo, merienda y cena. Entretener es atrapar, y atrapar puede tomar mil nombres: captura transitoria, detención efímera, privación legítima, momentánea y voluntaria de la libertad de repudio, absorción flotante.

La literatura no está exenta de esta peste arrasadora. El libro queda reducido al combate entre las fuerzas que me instan a dejar la página y las que se oponen intentando retenerme en ella. El lema unánime de la literatura es atrapar al lector. ¿Quién renuncia a ello? Los talleres literarios deben ser el lugar a donde han llevado a la literatura para repararla. Y como en todo buen taller lo que no saben arreglar lo descomponen. Porque se ocupan de la magna monumentalidad del lector, ese ganado escurridizo, vacunado de sentidos y sin tiempo para resistirse a la red que lo debe atrapar. Y así pululan bajo la pálida y cadavérica luz de escritorios y computadoras, practicantes y estudiantes de la escritura en busca de la cumbre, engrampar al lector, encerrarlo, adherirlo, esposarlo, mantenerlo en concubinato, enredarlo. Y no hay diferencia entre el lector y el crítico, ya que cada vez más el crítico es el único lector. Los textos deben emanar unas fuerzas centrípetas, para ello se desguazan fórmulas, se dan recetas caseras como esas para ir bien de cuerpo y espíritu, se dilatan todo tipo de orificios en pos de la caza de bultos.
Se enseña que la literatura es tejido.

Dos fases quedan firmes después de remover sus tejidos inútiles: impacto y retención. El golpe es eficaz como sacudimiento, pero es insuficiente, se debe golpear para bajar guardias y defensas, pero también se debe tejer los lazos de la red que garantice la imposibilidad de la huida. Toda corriente de realidad es conducida a su pronta digestión y disecación, sus frutos secos acompañarán la mesa servida y vaciada. Todo se transforma y todo se recicla, todo volverá a ser lo que fue, el mundo como cloaca de reciclaje. La era del vacío de Gilles Lipovestky se está llenando.

Hay que mantener renovable el recurso que alimenta la industria: la avidez. Todo parte de inspiraciones conceptuales físicas y fisiológicas. Por una parte sabemos desde la física que el azar es un recurso renovable, la satisfacción del conocimiento del número de quiniela que salió hoy inaugura la expectativa de número que ha de salir mañana. El secreto de la renovación vacía es la dinámica de lo que se presume será diferente mañana pero cuya única novedad es que será igual. Aquí yace el milagro de renovar infinitamente la avidez por entretenerse. El otro apoyo es trabajar sobre el mandato fisiológico de la repetición. El ser humano está estructurado por la repetición, no por la innovación, por la repetición de la repetición y por la expectativa de la repetición. Los latidos del corazón son repetitivos, lo es la respiración, en su repetición representan la plena expresión de la sanidad. Hábitos, ritos, costumbres, son nombres inadecuados para describir semejante potencia de condicionamiento. Y la Norma y la Regla son sus hijas más famosas, que nacieron para homenajear a su padre la repetición, para darle respeto.

El sexo es repetición, se busca volver a obtener el placer ya conocido, no se va en pro de un nuevo placer desconcertante. Por ahí se fantasea con la posibilidad de sentir algo nuevo pero lo que termina dando placer es reconocer el placer anteriormente experimentado. El alivio de la cara conocida. Freud casi hablaba de un mecanismo de carga de tensión que producía displacer y una corriente que partía en busca de la distensión – y eso no era otra cosa que el mecanismo del deseo-. Ese dispositivo se reciclaba sucesivamente, pero hay una novedad bajo el sol: la distensión se hace presa de la repetición y de la imitación, ha cargado en memoria un tipo de distensión y se hace dependiente de él y es probable que vaya progresivamente perdiendo la posibilidad de sentir placer con otro.

Repetirse es vivir. Las sugerencias son explícitas hasta la exasperación. Los dientes del sentido común trituran significados dispersantes como procesadoras de residuos. Yo sigo usando símiles alimentarios, y necesito empezar urgente una dieta para bajar diez kilos.

diciembre 02, 2005

Será injusticia

No entiendo la inclinación notoria en los jueces y abogados en demostrar que lo jurídico no tiene nada que ver con la justicia a la que apelan cuando sienten la necesidad de justificar las aberraciones e ineficiencias del sistema del que forman parte. Cuando al mismo tiempo y por otro lado, cuando les conviene para darle solemnidad, status y poder simbólico a su tarea, no dejan de llamar de forma rimbombante “Justicia” a todo aquello que tenga que ver con cualquiera de sus oscuros trámites. Así es que no dejan de nombrar esa palabra en todas las formas posibles e invocar la noción y el concepto de “Justicia” toda vez que pueda infundirlos de sacralidad y hacerlos sentir iluminados pro-hombres ejecutores de tan magnas tareas muy por encima de la común trivialidad del resto de los mortales. El colmo es que en muchos actos administrativos se dice el solemne, presuntuoso y falso “Será Justicia”. Otras veces cuando se dan cuenta que la justicia es una concepto filosófico y social demasiado significativo para andar manoseándolo entre las acrobacias de los expedientes prefieren decir ¨ajustado a derecho¨.

noviembre 28, 2005

Para atrás


Advertencia:
Cuando empecé este blog me propuse excluir expresamente al fútbol como tema. Pero uno es lo que su naturaleza le dicta, como decía aquel cuento de la rana que picó igual al escorpión sin pensar que significaba su propia muerte. Y como este post se propone ser un homenaje al lugar común, recurso retórico que tiene en el fútbol precisamente uno de sus clientes más fieles e intensos, no me pienso ahorrar ninguno. Confieso que soy futbolero de alma, de corazón y hasta de intestinos. Desde los 8 años, cuando la mayoría de los colegas blogers seguro tenían madres o padres visionarios que los introducían en la magia de la literatura universal, yo leía todos los martes, religiosamente, la revista El Gráfico. Dicho esto me instituyo con cierta autoridad para opinar y expresar desde posibles interesantes reflexiones sociológicas derivadas como así también vulgares y futboleras calenturas. Estoy tentado a pedir ininputabilidad en este caso. Al menos de algo estoy seguro, y es que el fútbol logra ponerne como pocas cosas en el mundo al borde de la irracionalidad obnubilante, la exageración vindicativa, me deja la sangre a punto de hervor y me hace merodear en los jardines de la locura tan fácilmente como en los de la esclarecedroa sensatez y la justiciera racionalidad. Entre todos esos abismos y paraísos casi siempre no hay más que un gol de diferencia


A los que no entienden de fútbol -¿sería mejor que directamente que no leyeran el post?- intento al menos ponerlos en tema: la diosa fortuna quiso que se diera esta semana en el torneo Apertura 2005 de la AFA un hecho totalmente bizarro: que dos equipos desearan más perder que ganar sus partidos para no favorecer a sus archirivales en la obtención del campeonato. Y pasó lo que todos sabían que iba a pasar pero se empecinaron en negar durante la semana previa. River y Estudiantes dejaron ganar a Gimnasia y Boca respectivamente. ¿Es reprobable? No lo sé, en definitiva es una justa deportiva y en ellas valen reglas del deporte. ¿Por qué no puede ser lícito dejarse ganar? Lo que resulta enervante es la campaña del periodismo y los propios jugadores y técnicos para negar lo que es obvio, lo que sucede delante de los ojos de todos. Las vergonzantes declaraciones de Jorge Burruchaga – director técnico de Estudiantes- anoche movían a una reacción, no es posible creer que exista tanta capacidad de creer que la gente es estúpida para sostener el mismo discurso aún después de lo visto en el campo. Me irrita mucho más que Estudiantes o River se dejen hacer un gol contra Boca o Gimnasia para asegurar las desgracias de sus eternos rivales, el soportar toda la parafernalia dialéctica sobre la honestidad, las suspicacias injustas, las culpabilizaciones ajenas, etc. Pareciera que tomar a la gente por idiota es lo primero que aprende un futbolista de elite.

“El jugador de fútbol siempre quiere ganar”

“Hay que rescatar la honestidad del jugador de fútbol”

“No me importa lo que diga o presione la hinchada, yo voy a salir a ganar”

En lugar de todo esto que se oyó hasta el hartazgo en la semana previa debió leerse primero:

"Acá estamos para hacer guita grande"

Y segundo:

"Vamos a hacer lo que la hinchada nos indique, ya conocemos bien cuán persuasivos suelen ser los muchachos de la barra, como esa vez que se nos acercaron con palos, cadenas y varias 9mm para dialogar sobre la táctica futbolística, y también sabés que si ellos se nos ponen en contra no jugamos más en el club y nos perdemos una torta de guita, nos perdemos, que es lo único que importa."

Ayer, mirando después de los partidos las transmisiones de los canales deportivos argentinos, se oyeron algunas voces al menos que sintieron que debían decir algo ante lo evidente, pero no faltaron los que pretendían seguir encabalgados en las mentiras de la semana previa, como buena parte del canal oficial del fútbol y un conocido ex violador técnico que cacareaba, con su notable forma de expresión oral, una vez más el discurso de la “honestidad del jugador y del técnico”, y todo el rosario de estupideces arteras que se oyeron en la semana para engañar a la pobre gente, a los giles que se la creen toda.

“La carrera del futbolista es corta, ¿viste? Hay que apurarse a hacer diferencia.”

Varios jugadores de Banfield en su partido con el paupérrimo San Lorenzo se hacen amonestar para cumplir la suspensión la próxima fecha y no perderse el match de la última fecha contra Gimnasia porque saben que en ese partido contarán con la posibilidad de ganar los jugosos premios que Boca o Independiente (el equipo que pelee con Gimnasia) paguen como incentivo a sus “naturales” ímpetus ganadores.

“Justo te vas a perder ese partido donde va haber guita”

“Hay que irse afuera o un club grande”

Son los mismos que después en un acto mezcla de apogeo de las más pútrida demagogia y de las más obscena pusilanimidad, meten un gol a un equipo donde jugaron y no lo gritan “por respeto a la hinchada del equipo donde jugué”. Son los “códigos”. Claro, vivan los códigos, los mismos que hacen que la pierna más baja vuele a la altura de la garganta del rival, o que esa verdadera arma mortal que es la suela de un botín repleta de tapones, impacte a alta velocidad de forma perfectamente perpendicular sobre las tibias y peronés inermes del habilidoso contrario, un “compañero de trabajo”.


La tragicomedia mayor llega cuando extrapolamos estos ejemplos y podemos pensar que pueden ser indicadores de comportamientos sociales, porque nada nos niega que se actúe en la sociedad y en la política como se actúa en el fútbol. (Que descubrimiento ¡). El fútbol es un fiel tubo de ensayo de la puesta en escena de los valores. Quedó demostrado que a las hinchadas, a eso tan esquivo y estelar que llamamos la "gente" en definitiva, le importa un carajo la honestidad, lo que importa es cagar al enemigo, al rival, a la contra, “al enemigo ni justicia” ( ? ). Los valores deportivos “made in argentine“ son así, pesa más el deseo de derrota del enemigo que la propia dignidad, que la propia vocación de ganar siempre. La limpieza no es un valor siquiera tenido en cuenta. Honestidad es para “la gente” un valor ajeno, lejano, hueco, les suena a algo extraño; el único código que se entiende es que para cagar al otro todo vale y todo sirve, hasta una ficción de partido, todo se festeja como una gran viveza. ¿Invocar la honestidad propia para perderse una ocasión de humillar al rival? ¿Invocar la honestidad para de alguna forma beneficiarlo? Ni loco. Los jugadores hicieron lo que quería la hinchada, no deja de ser un baño de realismo, un acto de profundo sinceramiento y acatamiento de la voluntad popular. Ahora bien, ¿las barras representan la voluntad mayoritaria de los hinchas? Difícil decirlo, a veces se hacen encuestas y los resultados suelen ser diferentes si se toma al núcleo más fanatizado o a todo el conjunto de “simpatizantes”. Desconozco si antes de estos partidos se hicieron sondeos serios pero es muy difícil medir este tipo de opiniones ya que quién puede controlar que los entrevistados o votantes de una compulsa sean verdaderamente hinchas de un determinado cuadro y no de otros?

No estoy para análisis sociológicos, pero me salen algunos apuntes que darían para un abordaje más profundo y académico en alguna otra oportunidad. ¿Se podría definir cual es la filosofía o la ideología del fútbol? ¿Existe algo así?

Para empezar, en el mundo del fútbol campea el más cruel de los “resultadismos”, de los exitismos más desenfrenados e irracionales; el resultado es lo único que importa y motiva la idolatría extrema o el desprecio más devastador. No hay lealtades ni reconocimientos racionales o sentimentales, cuando el resultado es negativo el hasta ayer ídolo es brutalmente despreciado por su ineficiencia, despreciado humana y profesionalmente... “ incapaz, burro, no puede jugar más, se tiene que ir.... hijo de puta, ladrón, vendido...” No hay razones que puedan equilibrar los juicios, no hay justificaciones intermedias, si se gana es Gardel y si se pierde es el demonio. No hay misericordia con el que ha trabajado, con el que tiene trayectoria, si perdió es una mierda sin remedio. Por el otro lado hasta el más odiado y basureado pasa a ser ídolo si gana, el triunfo hace olvidar todo sus antecedentes de incapaz, pedante, chorro, o lo que fuera. Si gana se transforma en Gardel aunque haya vendido a su madre o se haya violado a su hijita de 5 años. Este síndrome se parece demasiado al eficientismo despiadado que el neoliberalismo impone como modo de gestión de las grandes empresas, donde la crueldad del resultado y el dictamen de los números son preservados de toda intromisión “humanitaria” que obre como atenuante ante un caso de aniquilamiento de personal por ejemplo. Es que el patrón conceptual del mundo del fútbol no parece ser otro que el autoritarismo más sádico y salvaje. Por eso los dirigentes deben tolerar y proteger a las barras bravas pues en su violencia, en su prepotencia, en su capacidad de combate, éstas expresan los símbolos populares más arraigados de pertenencia a una divisa deportiva. Toda una iconografía del poner huevos, transpirar la camiseta, dejar la vida en la cancha, se pone de manifiesto como valor supremo, pero después ante un mal o buen resultado se pisotea o idolatra a quién sea. Así las hinchadas son modelos de intolerancia, autoritarismo, resultadismo eficientista, ingratitud, insensibilidad humana e irracionalidad.

¿Por qué esta salvaje actitud de desprecio humano, porque esta inmoralidad encubierta de pasión, que consiste en denigrar a una persona porque perdió un partido sin respetar ni tener en cuenta nada de su conducta, sin experimentar el más mínimo sentimiento de comprensión racional o emocional hacia las circunstancias que lo rodearon? Arriesgo preliminarmente que puede ser tal vez una dependencia enfermiza de la identificación colectiva con el triunfo, es un tema que merece una investigación psicosocial profunda. Yo mismo me he sorprendido a veces al experimentar “levemente” esa sensación, cuando ante malos resultados y actuaciones terminé deseándoles fervientemente algún tipo de flagelación a varios jugadores y técnicos de Racing, amén de recordar con todo ahínco e ironía a sus respectivas putas madres.

noviembre 24, 2005

¿Arde París? Nacionalismo e integración ( II )

La mirada argentina y latinoamericana

A los argentinos nos resulta difícil entender estos nacionalismos ya que somos una sociedad de escaso sentimiento de identificación nacional positiva. Más bien hacemos gala de una ambigua relación con la nacionalidad, que pasa del límite de una identificación súbita y pasional con la soberbia hegemónica -suele atacarnos ante determinadas circunstancias donde nos sentimos partícipes de una superioridad aplastante-, hasta la más habitual denigración que podemos vocalizar en coplas donde nos ponemos afuera de ”país de mierda”, verbalización que costaría imaginar ni siquiera en broma en boca de un francés, un alemán, un estadounidense o un brasileño. A nuestra condición fuertemente anacional se suma nuestra amalgama racial, somos un flujo inmigratorio en un momento dado de la ignición histórica de su explosiva y particular mezcla, y más allá de que no podemos negar que existen prejuicios de raza en determinados sectores de la población –tema bastante tabú que sabemos esconder bien- nos parece mayoritariamente ridícula la idea de una segmentación tipo “ghetto” por ejemplo en función de ese tipo de tensiones. Nuestro origen aporta bastante para que a una parte mayoritaria seguramente de nuestra población le parezca un acto natural el hecho de que cualquier inmigrante de cualquier parte del mundo se instale en nuestra sociedad como Pancho por su casa. Nuestro umbral de tolerancia a las mezcolanzas está en un punto infinitamente más alto que el europeo.

¿Podría establecerse como insinuaron algunos una analogía entre el fenómeno social de nuestras poblaciones pobres de conurbano bonaerense y el de los centros urbanos principales, con lo que sucede en los suburbios parisinos? Creo que no, porque la tan mentada integración es un tema que va más allá del tener un salario, una vivienda, un transporte o una comida diaria asegurada. Pasa en general en casi toda Latinoamérica, la población tiene su propia cultura, su sistema de entretenimiento y representación, sus circuitos de su música, sus ritos, sus bailes, sus punteros políticos, su carnaval, su fútbol, sus programas de TV, de radio, sus revistas, sus ídolos. Es protagonista, no se siente excluida del imaginario referencial colectivo, está reflejada en los medios, está contestada su llamada desde el marco de las superestructuras sociales referenciales.

Dicho en otras palabras, los marginales latinoamericanos son Latinoamérica, y se sienten lo que son. En París los africanos y asiáticos sienten que no son Europa, y les hacen sentir que no lo son. La marginalidad latinoamericana se manifiesta en lo económico social, a través de la experimentación de carencias y pesadillas materiales relativas de todo tipo: insuficiencias de nutrición, de empleo, de salud, de transporte, de vivienda, de posibilidades de progreso, etc., pero poseen algo que la mantiene viva y insertada en el sistema, su protagonismo superestructural. Puede que esté destruida en lo económico pero no está desintegrada en lo cultural como puede ser el caso de algunos procesos inmigratorios europeos como el francés. La cacareada integración no se logra con civismo libresco aprendido en liceos y universidades, ni menos que menos con instrucciones ideológicas moralizadoras, es un acto que proviene de la historia de “la carne y del espíritu” que en Latinoamérica se sustentó en la mixtura coital, la imbricación reproductiva de etnias, colores de piel y costumbres; no halla otra raíz que la pueda sustentar.

noviembre 21, 2005

¿Arde París? Nacionalismo e integración ( I )

A pocos días de notar como se ya se van apagando los ecos mediáticos de las masivas quemas de automóviles parisinas me siento a intentar desenredar madejas conexas al fenómeno. Yo sigo inclinándome en que se trató – o se trata, ya que no se si terminó o terminará- de una reacción de cuerpo extraño ante todo, vinculada a como una sociedad como la francesa vive el fenómeno inmigratorio. He leído en varios lugares que en definitiva se trató de una rebelión ante la discriminación donde la variable principal era la pobreza. No estoy de acuerdo, en el caso de estos marginales franceses primero se es inmigrante y extranjero, es decir un invasor extraño que viene desde fuera a contaminar un lugar que no le pertenece, segundo se es de raza y religión diferente a la mayoría, y tercero se es pobre. Más allá de si se trata de inmigrantes recientes o de segundas y terceras generaciones, cuando no existe la integración esa diferencia se reduce, lo mismo que las categorías de legalidad e ilegalidad, tener papeles o no tenerlos. La intolerancia al extraño es la contracara de todo nacionalismo duro.


La inmigración: de la necesidad a la molestia

Las sociedades capitalistas desarrolladas en la medida que crecen en su status de bienestar y nivel educativo, generan zonas de empleo abandónicas, es decir, los empleos y labores más duras y menos calificadas son abandonadas por los ciudadanos. Por más pobre que sea un francés ya no va a ir a limpiar baños a una estación ni a palear hormigón a Normandía, antes se queda con el seguro de desempleo, ahí aparece la solución mágica de la inmigración marginal que se ocupe de esas tareas. Ese proceso de sustitución de roles marginales creo en menor medida se da en todas las sociedades desarrolladas y son alentadas a menudo desde iniciativas de los gobiernos y responden a acciones en el mismo sentido de las empresas privadas que necesitan contar con el aporte de ese tipo de mano de obra en determinado sectores. Los Estados Unidos por ejemplo son el reino del “pragmatismo inmigratorio”, me contaba un amigo que hace tiempo vive allá “ …la distribución del trabajo en la sociedad yanqui en una realidad: los estadounidenses blancos-no latinos-protestantes no realizan trabajos de baja remuneración, sucios o duros, todos ellos quedan en manos de diferentes grupos de inmigrantes. Pero eso si, ningún trabajo por mas peligroso que sea -muy bien pagos- si requiere algún grado de sofisticado conocimiento será estos inmigrantes. Estos tipos han hecho su país así”. (x)


¿Como opera el sentimiento nacional?

Aclaro que trato de describir como funciona esa lógica y no estoy tomando partido por ella o contra ella por ahora. Creo que tiene poco que ver con la bandera y el espíritu competitivo que habitualmente se cree fundamental. El orgullo por la sociedad en la que se vive es vivenciado como un logro, como el resultado de un esfuerzo para alcanzarlo, en sentirse protagonista del nivel de vida alcanzado por la sociedad y por el cual, seguramente, se ha pagado el precio de sacrificios, esfuerzos y superación de momentos malos, propios y de los antepasados inmediatos. Quién internaliza ese sentimiento de arraigo de responsabilidad y protagonismo constructivo tiende naturalmente a sentir una sensación de injusticia si observa la llegada de oleadas inmigratorias. A los ojos de esta “opinión nacional” los que vienen siempre estarán ocupando un lugar que no corresponde, gozando de los frutos de una sociedad que no construyeron, y si encima son pobres constituirán una carga que ningún buen ciudadano tendrá el agrado humanitario de costear. Esa tensión se refleja en ambos lados. Los marginados la reciben, entienden el mensaje que se manifiesta en una multiplicidad de gestos, como una mirada que les está diciendo “vuélvete, no ocupes más lugar y si ocupas vete al lugar que te den, se agradecido y no rompas más las bolas”. Así opera básicamente el sentimiento de arraigo nacional en su contracara xenófoba, aunque se los haya traído para solucionar problemas de mano de obra, aunque hayan contribuido con su trabajo a la sociedad, aunque se deslomen haciendo los trabajos que el resto de los ciudadanos no quieren hacer, siempre se sentirá que todas sus “exigencias” son cargas, que el aporte que puedan hacer ellos es menor ante lo mucho bueno que aprovechan del desarrollo alcanzado de la sociedad que los recibe, y al cual no contribuyeron, aunque vayan a contribuir.

La irritabilidad de la población “local” frente a la “extranjería” se exacerba a medida que esas poblaciones no integradas dejan oír sus reclamos, se reacciona con una actitud similar a quién diera acogida en la propia casa a un desconocido que viene de vivir en pésimas condiciones, y una vez instalado se queja de que tiene calor o no le gusta la comida. Pero se equivocan los que creen que esa lógica es solamente expresión de un egoísta individualismo burgués, más bien se trata del costado comunitarista del nacionalismo cuando expresa un sentimiento de identificación y apropiación de logros colectivos, una justicia social que premia a los que se han ganado el derecho de gozar de los logros obtenidos. Esta visión social del nacionalismo parece muy sensata pero si nos fijamos en las palabras que se juntan se nos eriza la piel: nacional–social.

El etnocentrismo europeo no es nuevo. No es que esté acusando de racistas a los franceses, nada de eso por favor, sólo paso revista sobre que no se necesita ser racista para operar a favor de la segmentación, la exclusión y la desintegración de la inmigración extraña. Basta con experimentar algún tipo de sencillo y cívico nacionalismo. Es tratar de entender y de aprender del caso francés como la derecha -y una derecha tan fiera, xenófoba y aberrante como la que encarna el lepenismo- gana espacio a caballo de los temas en los que la gente común se interesa y que son donde la izquierda tiene garantizada su impopularidad. El mal manejo del tema inmigratorio y el de la inseguridad ciudadana son los baluartes que suman día a día rechazo a la izquierda y adhesión a la derecha. Para muestra veamos las consecuencias políticas de las quemazones parisinas: Sarkozy aumentó 11 puntos su popularidad y el 61 % de los encuestados estarían dispuestos a votarlo como presidente francés en el 2007. El detalle lo pueden ver acá.

Superada la descripción se puede decir que si tomo partido: es evidente que las políticas inmigratorias que se queden en la explotación de este sentimiento –la derecha- o que no lo tengan en cuenta a favor de un romántico laissez-passer humanitario –la izquierda- , y no vayan más allá, amenazan llevar las cosas peligrosamente cerca del abismo, de ahí la necesidad urgente de que Europa aborde políticas inmigratorias coordinadas y serias desde una perspectiva humana superadora: Basta de fomentar el ingreso indiscriminado de gente para hacer trabajos baratos que van a parar a cualquier parte, avanzar en la integración económico-cultural de los poblaciones establecidas, y por último consensuar con los diversos países involucrados políticas bilaterales que tengan en cuenta lo complejo del fenómeno.


(x) Update
A eso se suma el trabajo offshore, Nike fabrica sus zapatillas en países pobres de Asia, enorme ahorro de costo de mano de obra, pero como decía Vivianne Forrester en aquel bello par de libros “El horror económico” y “Una extraña dictadura”: el precio de las zapatillas en los negocios yanquis no baja por eso, Nike las vende al mismo precio que antes o más. Esta nueva variable permite matar varios pájaros de un tiro, no se necesita traer inmigrantes ya para que cosan zapatillas, se puede mandar las zapatillas a que sean cosidas allá, todo más barato y efectivo.