El lugar donde he sido mandado a vivir sin ninguna experiencia previa en el medio de la más huérfana inconstancia. El que me obliga a tomar por sorteo hasta la más inocente de mis decisiones, como la de creer en la más pálida idea...

octubre 05, 2010

Dos dolores en el desierto de lo inexplicable


A la memoria de Leonardo Díaz (1958-2010)


El dolor de perder un amigo entrañable no es cuestión de andar clasificándolo. Duele como duele, produce las reacciones que produce; sea el estallido de un puñal ardiente o la sutil penetración de un cuchillo fino. Repudio las distinciones entre amigo cercano y amigo lejano, meras consecuencias de derroteros mundanos. Mejor aclarar que simplemente amigo, inmensamente amigo y nada más.

Me llevo además el dolor de pensar que tal vez te fuiste de este paso por el mundo sin saber lo mucho que te quería por el simple hecho que no fui capaz de demostrártelo. O tal vez lo hayas sabido, y no hayas dudado de mi aprecio, pero entonces te habrás preguntado por qué no estaba. No tengo respuesta. O puede que la tenga, pero nada más inútil que una respuesta tardía. Alguna fobia habrá podido más. Un reprochable instinto de no que se que preservación tal vez, que me suena inexplicable. ¿Implacable cobardía? ¿Escape, huida, negación?

Si en algún lugar me escuchás, te dejaré por las dudas el eco de un abrazo infinito que quisiera ser el más claro mensaje jamás escrito. Quién sabe si escucharás, tal vez mi oportunidad esté irremediablemente perdida, pero en una de esas llega. La despedida igual será un hasta siempre. Hasta la próxima charla, hasta el próximo encuentro, hasta el próximo vino, por qué no.

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