El lugar donde he sido mandado a vivir sin ninguna experiencia previa en el medio de la más huérfana inconstancia. El que me obliga a tomar por sorteo hasta la más inocente de mis decisiones, como la de creer en la más pálida idea...

febrero 24, 2013

La estatización del dolor

Epica del dolor

Día muy duro el 22 de febrero. Liturgias y ceremoniales desgarradores por doquier, lectura de conmovedores documentos, y como dice Horacio Gonzalez, el dolor que legitima cualquier reclamo, bañando de epopeya justiciera intachable unas escenas a las que cuesta intentar comprender por fuera de esa condición que se muestra unánime tan solo por su elocuencia sensible. 

Más allá del eco natural del dolor, de las imágenes que invitan a la com-pasión obvia de habitantes de esta sociedad que todos los días nos sometemos al riesgo de usar transportes, introducirnos alimentos y productos o simplemente usamos las calles con la confianza de que las cosas tienen mínimamente un respaldo que nos eleve un poco de estar librados al azar, prima un significante: un gobierno declarado único culpable del asesinato de 52 personas bajo un clima de apocalipsis. Un gobierno cuestionado desde la responsabilidad hasta las palabras o lo gestos, con la coincidencia que todo lo que hizo y lo que hubiera hecho hubiera estado siempre mal. Se le reprocha que no estuvo presente en el lugar de la tragedia el día de los hechos. ¿Alguien duda que si hubiera estado en el lugar de los hechos a la media hora no hubiera sido igual condenado por querer hacer demagogia del consuelo o ganarse la simpatía de los familiares cubriendo sus responsabilidades? Se cuestiona la mención del hecho hecha a un año de la tragedia, se afirma que es más hiriente esa mención que el propio silencio. No perdamos el tiempo, hiciera lo que hiciera o dijera lo que dijera igual sería condenado. 

Este recorrido nos lleva al absurdo, si nadie dice que es lo que hubiera estado bien, entonces nada de esto tiene sentido y solo se trata de un odio legitimado por estar originado en el dolor, pero odio al fin y como todo odio, destructivo. Lo único tolerable entonces podría ser que la Presidenta se hiciera un harakiri público en la estación Once y se tirara bajo un tren. Aún así diría que fue un exceso de soberbia individual, por creer que con su solo suicidio se solucionarían las cosas. Una causa judicial que empujada a los tirones avanza en tiempos records, con funcionarios del estado y empresarios procesados, pero no es suficiente. Lo suficiente en apariencia serían las últimas consecuencias.  ¿Pero cuáles serían esas últimas consecuencias? ¿La caída del gobierno asesino, con todos sus funcionarios renunciantes y presos, desde la Presidenta al último de los colaboradores, y extensivo también a los adherentes o votantes al gobierno que ya que está deberían comerse alguna condena por haber sido cómplices en parte de la perversa masacre? Mientras, De la Sota, adalid de las privatizaciones de los 90 declara que no puede haber "trenes de la muerte". 

Supongo que detrás del absurdo hay racionalidad, y que lo que pretenden muchos de los que interpretan estos hechos sea lo que pretendo yo como ciudadano: que se establezcan claramente las responsabilidades y se actúe a nivel judicial y a nivel político. A nivel judicial que el Poder Ejecutivo y el Legislativo ejerzan el máximo de su poder de control sobre las acciones del Poder Judicial y que éste actúe bajo sus normas, aplicando el peso de las leyes sin mirar el cargo o jerarquía de quién le toque. A nivel político que se articulen las medidas necesarias que se deben articular cuando se asume un error por algo que se hizo mal o no se hizo, y que se impulse lo necesario a partir del instante siguiente. Pero que sea toda la clase política la que se comprometa a que “nunca más” cuestiones como el control del transporte quede mezclado con negociados privatizadores en manos de algunos funcionarios del gobierno de turno. Que se creen organismos plurales y colegiados para el control técnico, que sean imposibles de corromper, con participación representativa de los usuarios. 


No solo las víctimas
La lógica épica de los reclamos de justicia de las víctimas puede llevar a excesos literarios que desbordan cualquier sensatez social. No es necesario ser víctima de un accidente para que nos asista el derecho a reclamar viajar en transportes dignos. Ni tampoco ser víctima es condición previa y exigible para reclamar los derechos básicos de cualquier tipo, basta con ser partícipes laboriosos y contribuyentes de esta sociedad para hacerlo, y no debemos dejar a las víctimas solas, que esto sea solo un asunto de los que “les toca” en desgracia caer bajo alguna de estas fatalidades, y el resto podemos seguir indiferentes e insolidarios. 


La estatización del reclamo

Volviendo a la lectura del texto de González, quedo inmerso en el curioso fenómeno que es el Estado como una única esponja absorbente de los deseos y pasiones sociales. 

Sobre el Estado recae el peso de todas las culpas, las propias y las ajenas. Se le exige con una desmesura apabullante que sea el controlador y vigilador de todas las miserias que el resto de la sociedad ejerce a la luz del día, casi sin oposición. Que obrara como Poder Moralizador, Vigilante Supremo e Infalible, Corrector Jurado y Obligatorio de todas las Desviaciones. 

En mi caso comparto parte de esas exigencias, soy de los que reclama y espera el cumplimiento de tan abnegada misión, pero es llamativo el contraste de esa obsesiva y desmedida exigencia en comparación con las consideraciones que se tiene acerca de la naturaleza del mismo, y de las que se les dispensa al resto de los poderes sociales. El hecho de que el afán de lucro lleve a las empresas privadas a poner en riesgo la vida de las personas es un concepto tan asumido como aceptado. Se cree entonces que es el Estado el único capaz de ponerle coto al libertinaje ultrajante de la avaricia empresaria que librada a sus instintos, sin el contrapeso del Estado, sometería a la sociedad a un juego de asesinatos masivos en la lucha por obtener el máximo beneficio. Pensemos por un momento lo que matarían las empresas de transporte sin controles sobre los materiales rodantes y las condiciones laborales de sus choferes. Lo que nos envenenarían los fabricantes de alimentos y sustancias consumibles sin controles sanitarios, lo que nos masacrarían los laboratorios farmacéuticos si pudieran vendernos la sustancia que quisieran sin control de sus efectos nocivos. Lo que nos asesinarían por degradación y envenenamiento del medio ambiente todas las industrias si pudieran usar las sustancias que quisieran y arrojar los desperdicios donde sea más barato para fabricar cualquier cosa. Las muertes físicas y las torturas psicológicas que provocarían las empresas si pudieran imponerle a sus empleados las condiciones laborales más favorables a sus intereses. 

Curiosos tiempos donde el repudio se aliviana sobre los que asesinan por codicia para recaer en los funcionarios que deben controlar a los que asesinan por codicia. Que también incumplen su misión porque también a veces se corrompen por codicia, pero también otras veces porque no cuentan con medios suficientes para controlar a los poderosos asesinos. La codicia de unos es aceptable, la de los otros se lleva todo el odio y los repudios. A la vez, se cree que los medios del Estado son omnipotentes, y son capaces con la sencilla voluntad y honestidad de frenar la todopoderosa maquinaria empresaria resuelta a obtener ganancia a cualquier precio social. Ese enorme cinismo con el que se vivencia la existencia del Estado frente a la Sociedad muestra las consecuencias de tanto discurso neoliberal machacado sobre los sesos de la población en décadas. 

Amonestado por el simple hecho de existir como una cueva donde se refugian los ladrones, chantas, inútiles y oportunistas, pero pidiéndole lo imposible. El Estado es en si mismo una vergüenza, un mal necesario en “mínimas dosis” como diría Guy Sorman que se interpone en el círculo virtuoso del libre juego del mercado que todo lo sana y equilibra. Al fin y al cabo, que un fabricante de comida te reviente el estómago con un producto nocivo o que una empresa de transporte te mande un micro con las gomas en mal estado y el chofer pasado de horas para que te hagas pomada en la ruta es algo obvio y normal, cualquiera de nosotros que quisiéramos vender más lo haríamos. ¡Con lo que cuesta ganar la plata, lo que cuesta esterilizar los envases o una goma de micro o bancar el sueldo de otro chofer!. No hay condena ni necesidad de reclamo aquí, casi que hay comprensión y solidaridad, ¡los hijos de puta están en el Estado, a esos les pagan para controlar y no controlan! 

Los mismos que juzgan y condenan al estado por su responsabilidad en la falta de controles, son los mismos que pregonan las ideas que intentan quitarle cualquier tipo de poder para realizar dichas tareas. Piénsenlo cuando adhieran a ideologías que despotrican del estado y nos dicen que los privados dirigidos por si mismos nos darían la Gran Sociedad del Futuro